jueves, 7 de junio de 2012

EL PERIODISMO DE “BANDOS”: INICIO DE UN CAMBIO CULTURAL

 Por César Arrueta
Doctor en Comunicación
FHyCS-UNJu.


  El periodismo navega hoy por aguas agitadas. La tensión de la discusión actual pareciera nutrirse exclusivamente de un escenario polarizado. Por un lado, las supuestas consecuencias negativas del ejercicio periodístico “militante” en detrimento de intereses económicos privados y por otro, las derivaciones golpistas del periodismo corporativo, en perjuicio de políticas públicas inclusivas promovidas por gobiernos democráticos.

 Esta disputa de significados, ha llevado a la edificación, progresiva, de escenarios de conflictividad simbólica (y en algunos casos, física) para dirimir la densidad de un argumento sobre otro. Es así que el periodismo argentino se ubicó, precipitadamente, en la centralidad de la discusión y los prejuicios públicos.

Algunos creyeron ver, en esta escena, un ataque certero al rol de la prensa “independiente” y su función de “cuarto poder”. Una especie de afectación de sus tareas de fiscalización de la cosa pública. Otros, se ilusionaron con la expiración de las prácticas periodísticas liberales anglosajonas y el pronto nacimiento de una prensa para nada avergonzada de sus matices ideológicos y discursos de reafirmación popular. 

 No ha sucedido, en términos absolutos, ni una cosa ni la otra. Sólo se ha evidenciado, positivamente, la transparencia pública de posiciones que siempre estuvieron presentes en la discusión periodística de media sombra.

 De todas formas, sería una simplificación plantear este momento de discusión periodística en términos de bandos en batalla. Vale reconocer que aquellos analistas que así entienden la cuestión, lo hacen sabiendo que el fortalecimiento de uno u otro sector depende, exclusivamente, de la realidad de su contrario.  Por ejemplo, la relevancia que adquirió, en los últimos años, el programa 6 7 8 sólo puede explicarse en los sucesivos errores y exabruptos de la prensa  de gestión privada y su obstinación con la instalación forzada de algunos temas públicos, bajo el amparo de intereses económicos. 

 De igual forma, el atrevimiento de los medios privados de erigirse en “defensores de las instituciones de la República” sólo adquiere sentido si se piensa en los modos de acción del periodismo militante. 

 Sin embargo, existe una razón lo suficientemente valiosa como para considerar la trascendencia del tiempo actual.  Una razón que en el calor de la discusión, pocos han sabido dimensionar su real alcance. Esa razón es la suspicacia con la que el público lee, en la actualidad, la codificación de los mensajes periodísticos.

 Ya no se trata de una mirada inocua (si es que alguna vez existió taxativamente en esos términos). Se trata de una actitud de desconfianza y recelo; de precauciones y juicios de valor (muchas veces apresurados) El periodismo ya no escribe ni relata hechos desde la objetividad o la imparcialidad; para el lector, lo hace desde un lugar, con un interés y un propósito.

 Ese es el cambio de época que atraviesa el periodismo. Una transformación cultural respecto de sus propias prácticas e intenciones. Atrás quedaron aquellos colegas que aún defienden, en sus opiniones, la vigencia del neutralismo. ¿Neutral respecto a qué?, ¿a los intereses propios?, ¿a los intereses de la empresa periodística?, ¿a los intereses del gobierno de turno?. No existen respuestas que, con argumento, puedan sostener el concepto de neutralismo. Y pensar en esos términos no implica hacer referencia a un periodismo “tercermundistas” o de  “baja calidad”. Implica pensar en un periodismo transparente y responsable.

 Ese es el desafío de este tiempo. Construir interés público, desde la transparencia de las posiciones (personales y editoriales) y la responsabilidad que implica la tarea de informar. Se trata de aceptar la coexistencia de verdades relativas y contextuadas; la posibilidad de construir sentido desde una diversidad que converge, finalmente, en la individualidad del lector y su interpretación de las cosas.

 Seguir creyendo que el buen periodismo se hace en condiciones de asepsia, es seguir creyendo en un lector fácilmente sugestionable. Creer que el periodismo de verdad, se hace abrazando un dogma, es seguir creyendo en un lector fácilmente sugestionable. Creer que el periodismo se hace con responsabilidad y transparencia, es creer en un lector consciente de su propia existencia y en esa existencia, un conciso papel que los periodistas deben cumplir en el mundo actual. Ni sobredimensionado, ni sobrevaluado. Un papel necesario.

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